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Crónica del juicio -día 5- Los errores del pasado

La quinta audiencia en el juicio, realizada este viernes, reveló más contradicciones en la vapuleada historia oficial. Otro exmilitar se alejó de sus declaraciones de aquel momento. Si bien no ocurrió lo mismo que con César Ariel Quiroga, que directamente denunció la falsedad de su declaración de 1990, esta vez Orlando Enrique Carbel olvidó no sólo momentos clave de aquellas comparecencias, sino que directamente dijo que había declarado una sola vez y en un juicio oral y público, cuando en realidad lo hizo otras en otras dos ocasiones. Su testimonio contrastó con la tranquilidad de Luis Alberto Díaz, otro de los sobrevivientes, que cerró la jornada.

Foto: Alfredo Arrillaga junto al defensor oficial Hernán Silva (El Diario del Juicio)


El juicio por los desaparecidos de La Tablada recién empieza. Van cinco audiencias y faltan al menos el doble. Cada día se repite una constante: la mala memoria de los militares en sus declaraciones testimoniales y las contradicciones que exhiben en relación a las que hicieron en la instrucción de la causa. En esta quinta audiencia declararon solo dos testigos: Orlando Enrique Carbel, militar retirado hace dos años, que estuvo en el área sanitaria; y Luis Alberto Díaz, exintegrante del Movimiento Todos por la Patria (MTP). A diferencia de la claridad de Díaz en su relato y la coherencia con los testimonios de Roberto Felicetti y Carlos Motta (militantes del MTP que declararon en audiencias anteriores), Carbel pasó alrededor de una hora y media tropezando con su propio relato y recordando súbitamente lo que la fiscalía y el tribunal le señalaron de su declaración anterior.

—No recuerda haber declarado en otra instancia sin público? —le señaló a Carbel la querella a cargo de Ernesto Lombardi.
—Jamás, nunca.
—¿Nunca se trasladó a Morón a declarar?
—Que recuerde, no.

Orlando Enrique Carbel, un militar destinado al Hospital Maldonado, que en aquel momento funcionaba en el Regimiento de Infantería 1 Patricios, fue y vino  entre notorias contradicciones con las dos declaraciones que dio en instrucción: una, el 5 de mayo de 1989 ante el fiscal de San Martín, Raúl Pleé; la otra, que fue el 30 de agosto de 1989, lleva la firma del juez de Morón, Gerardo Larrambebere, y de uno de sus secretarios, que esta vez no fue Alberto Nisman sino Mariano Varela.
El diálogo citado, que refiere a hechos ocurridos 30 años atrás, podría ser normal por el efecto del paso del tiempo, aunque no deja de ser extraño que alguien poco habituado a declaraciones judiciales olvide dos de tres. Es que después de la declaración que brindó el 14 de diciembre el exmilitar César Ariel Quiroga, que admitió haber firmado una declaración con la descripción de hechos que no presenció, nada es igual, todo toma otra dimensión. Debe leerse en el marco del encubrimiento judicial de las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la represión que comandó el General Alfredo Arrillaga, el único imputado en este juicio que intenta determinar cómo fue asesinado (y desaparecido) José Díaz.
Durante años la historia oficial militar y judicial sostuvo que Ruiz y Díaz fueron detenidos al salir por la ventana de la Guardia de Prevención incendiada por el ataque militar. Que el oficial Naselli se los entregó a Stegman para que los lleve al puesto de comando. Hasta allí, todo constatado por videos y fotos que se ven en todas las audiencias de este juicio. Entonces se acaban las constataciones audiovisuales y el relato sigue solo con el aporte de los militares. Después, siempre según las versión oficial, Varando se los entregó al ambulanciero Quiroga para que los recibiera el Sargento Esquivel, que aparece muerto, y su caída atribuida a Ruiz y Díaz que se dan a la fuga. A Esquivel lo ven muerto el Mayor Garutti junto al testigo de hoy, Carbel.
Todo este relato queda interrumpido por la aparición del exmilitar José Almada, que asegura que vio a Ruiz y Díaz con signos de torturas y que se los llevaron fuera del cuartel en un Ford Falcon blanco.  También el ambulanciero Quiroga ya desestimó su rol cuando dijo que no tuvo contacto con “subversivos”. Y Almada agregó que vio caer a Esquivel en combate, delante suyo.
De los dos militares que podían dar cuenta de haber levantado el cuerpo de Esquivel, uno de ellos, Garutti, murió en 1995, por lo que queda eximido de contradicciones. Carbel, en cambio, hoy sudó de más ante cada pregunta.

—¿Asistió a alguna persona que estuviera muerta? —quiso corroborar Lombardi.
—No.
—¿A cuántos militares socorrió?
—Dos, Orué y Rolón, y algún herido individual, con heridas menores, fueron varios. —respondió el testigo.
—¿Y con Garutti socorrió a alguien? —le preguntaron.
—Con Garutti sólo a Rolón.
—¿Sabe quien es Esquivel?
—No recuerdo.
—¿Recuerda haber ido a ver algún herido con un tiro en la oreja? —le consultó el fiscal Cearras.
—Recuerdo a Orué, yo lo tomo de los brazos, vi que tenía una herida en la nuca, ese es el único que yo recuerdo con una herida en la nuca.

Ante las evidentes contradicciones, el tribunal le hizo reconocer las firmas de sus declaraciones del año 89, la de Morón y la de San Martín. Carbel aseveró que eran suyas. Ahí la historia del testigo parecía tener dos caminos posibles: o recorría el de Quiroga y decía que le obligaron a firmar algo que no vio, o le pegaba un par de cachetazos a su memoria para no caer en mayores contradicciones.
El juez Matías Mancini, presidente del tribunal, le releyó desde el expediente. En su declaración del 5 de mayo de 1989 ante el Fiscal Raúl Pleé, Carbel dijo: “Alrededor de las 17.00 o 18.00 horas del día 23 de enero, es llamado para socorrer a un herido, y junto con el mayor (Garutti) se dirigen con la ambulancia hasta la intersección de las calles internas Curupaytí y French y Berutti, donde dada la intensidad del combate, deciden seguir a pie y a la altura de la Compañía "B" y cercana a la calle Curupayti, encuentran al herido quien se hallaba en el suelo y con un disparo detrás de la oreja izquierda, sin signos vitales. Lo trasladan hasta la ambulancia, y finalmente hasta el puesto de socorro. En horas de la noche, y por comentarios de la gente que lo conocía, se enteró que dicho herido se trataba del sargento Esquivel”.

—No recordaba, honestamente no recordaba. Sí recordaba el juicio de San Martín, eso recuerdo patente —aseguró Carbel apenas escuchó la relectura.
—Usted dijo que lo encontró a Orué, y acá aparece que a las 18 hs. levantó a un tal Esquivel —le recordó el juez Mancini —¿Qué nos puede decir?
—Yo recordaba el apellido. Ahí recuerdo haber socorrido a Esquivel. Yo tenía 28 años, ahora tengo 58, son 30 años.
—Acá le fue preguntado si atendió a alguien con un disparo en la oreja y usted dijo que atendió a Orué —el juez volvió a mostrarle otra contradicción.
—Orué tenía un rebote de esquirla, yo no sabía el tipo de herida que tenía, eso dijeron los médicos después. Entonces ahora que me refresca la memoria, entonces, claro, ahí sí, realmente lo de Orué era esquirla, no era bala.
—Ahora que recuerda —intervino la querella—, diga cómo fue la situación con Esquivel.
—Cuando voy con Garutti confirma que estaba fallecido —sostuvo Carbel.
—¿Estaba muerto o no estaba muerto? —dudó el abogado Lombardi.
—Recuerdo que el mayor dijo ‘me parece que estaba sin vida’ y lo llevamos al puesto principal de socorro.
—Cuándo se entera de que es Esquivel? —preguntó el juez Esteban Rodríguez Eggers.
—Con el tiempo me entero que es Esquivel. Quizá por el mismo mayor o de las noticias. Mucho tiempo después me entero que había fallecido en el hospital militar central.

Ahí apareció otra contradicción, ya que en 1989 Carbel contó que lo supo esa misma noche. 
El final de su declaración fue con algún escándalo. Cuando lo vio acorralado, el abogado Lombardi le tendió una suerte de trampa. Le preguntó si podía ubicar exactamente el lugar donde levantaron a Esquivel.
—No —respondió tajante el testigo.
—¿No lo sabe ahora o nunca lo supo?
—No lo pude saber en ese momento. Si hay que hacer una herida en ese momento, uno no se fija si está debajo de un arbolito o una antena.
—No lo pudo saber nunca —insistió Lombardi.
—Es imposible.
—Exacto, es imposible, pero en su declaración usted ubicó exactamente el lugar…
Este último pasaje sucedió con un Carbel exaltado y hasta golpeando la mesa, tanto que luego le pidió disculpas al abogado, que le respondió con cierta ironía: “No se preocupe, entiendo el momento”.

Sin embargo, lo más inverosímil de la declaración de este viernes por parte de Orlando Enrique Carbel había ocurrido antes. “Escuché que con un megáfono decían ‘Vamos a proceder como corresponde. Si el personal se rindió, hagamos las cosas como corresponde. No cometamos los errores del pasado’. Interpreto que era el Gral. Arrillaga”, sostuvo Carbel. El fiscal Cearras dudó y se lo hizo notar entonado:
—¿Pero usted conocía su voz?
—Bueno, a veces uno escuchaba la voz.
—¿Cómo sabía que era Arrillaga? —insistió el fiscal.
—Sabíamos que él estaba a cargo.
—¿Recuerda haber declarado esto antes?
—No me lo preguntaron —soltó Carbel.

Esta vez tampoco se lo habían preguntado. Cuesta creer que la misma persona que, según ratifican los sobrevivientes en todas las testimoniales, les dijo: “Señores, yo soy Dios. Yo decido quién vive y quién muere aquí”, le haya pedido a su tropa que no cometieran los “errores del pasado”. Cada día de juicio que se sucede, aparecen más evidencias de que se utilizaron todos los mecanismos del Terrorismo de Estado durante la represión en La Tablada. Tras la jornada de este viernes, uno de los sobrevivientes, Luis Alberto Díaz, lo expresó en charla con El Diario del Juicio: “En Tablada, estas personas cometieron las mismas atrocidades que durante la dictadura. Excepto el robo de bebés, porque nadie fue con bebés, después practicaron con nosotros todo tipo de atrocidades estando ya rendidos, encapuchados y atados de pies y manos”.

Arrillaga tuvo otro mal día. Quizá por eso, una vez finalizado el debate, se acercó al estrado y le pidió al juez Mancini que no les creyera a los testigos. “Eso se lo tiene que decir a su abogado para que lo utilice en el alegato. Yo no lo puedo canalizar por aquí”, le respondió el juez con algo de sorpresa. Quizá, a pesar de la situación en la que está, Arrillaga siga pensando que es Dios, aunque parece más cerca de una nueva condena, terrenal y tardía.




*Este diario del juicio por los desaparecidos de La Tablada es una herramienta llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva y Agencia Paco Urondo, con la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguinos diariamente en http://desaparecidosdelatablada.blogspot.com
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Crónica del juicio: día 4 "Si nos sacan de acá nos matan a todos"


En la cuarta audiencia del juicio que tiene al General Alfredo Arrillaga como único imputado por el asesinato de José Díaz en el marco del copamiento del Regimiento de La Tablada, la declaración testimonial de Carlos Alberto Naselli, militar retirado, vuelve a complicar la versión oficial de la fuga de Díaz e Iván Ruiz, dos de los desaparecidos.
Naselli aseguró haber separado a Ruiz y a Díaz tras el señalamiento de un soldado "estos son subversivos, el resto son desertores". Dijo que estaba muy herido: “en estado casi terminal, uno piensa por qué podía caminar”, y minutos después volvió a la teoría de la fuga y negó haber sido tan tajante con la salud del desaparecido.
También declararon otro exmilitar, un colimba y el sobreviviente Carlos Erenesto Motto.

Foto: Naselli rescatando a colimbas y a los militantes Ruiz y Díaz del incendio de la guardia.


"Después me dí cuenta de que tenía razón”, dijo Carlos Alberto Naselli, uno de los militares que declaró  en la cuarta jornada, acerca de la frase del título, que le pronunció uno de los desaparecidos, Iván Ruiz. No era esperable que se repitiera la escena de la tercera audiencia, diez días atrás, cuando dos exmilitares rompieron el pacto de silencio y resquebrajaron para siempre la ya desde el comienzo poco sólida versión oficial de Ruiz y Díaz en fuga.  Sin embargo, hubo lugar para más sorpresas.
Naselli reconstruyó el diálogo con Ruiz, que acababa de escapar de la guardia incendiada por una ventana, junto a José Díaz -el único caso de este juicio- y varios colimbas. El militar ya se había acercado al lugar porque otro de los testigos de hoy, Hugo Daniel Stegman, le indicó que alguien agitaba un trapo blanco. Después de la separación entre colimbas y “subversivos” que realizó gracias al señalamiento de uno de los conscriptos, Naselli le ordenó a Stegman que los llevara hasta el puesto de mando, donde los esperaba el Mayor Jorge Varando, que si estuviera vivo acompañaría a Alfredo Arrillaga como imputado.
—Si nos sacan de acá nos matan a todos —aseguró Naselli que le dijo Ivan Ruiz.
“Me llamó mucho la atención. Tenía los ojos celestes y era rubio. Tenía una seguridad grande hasta en el tono de su voz. Después, con el tiempo, sabiendo que esta gente había tenido entrenamiento en Nicaragua, me di cuenta de que tuvo una lectura de la situación mucho más clara que yo, que era mi bautismo de fuego”, sostuvo Naselli. Parecía tranquilo, pero estaba por entrar en un par de contradicciones importantes con el relato oficial.
—¿Se interiorizó sobre lo que pasó con ellos?  -le consultó Ernesto Lombardi, uno de los abogados de la querella.
-No hizo falta. porque al poco tiempo yo vuelvo a mi localidad en la Provincia de Santa Fé y a los 3 o 4 dias me mandan a llamar para que me presente porque tenia que declarar, porque rápidamente me imagino un pedido de informacion de cuales habían sido los hechos, cuales de estas personas estaban fallecidas. Tuve que volver, me fui a mi domicilio y a los 3 o 4 dias tuve que presentarme de nuevo en la escuela de caballeria porque requerian tomarme declaracion.
-¿A usted le dijeron que estas personas…?
-Yo no recuerdo si a esas personas me las mencionaron como desaparecidos o muertos, no me acuerdo, sinceramente. No recuerdo si fue por la muerte o desaparicion de estas personas.



la imagen de Eduardo Longoni retrata el momento en el que el militar Hugo Stegman apunta a José Díaz, desarmado y de rodillas. Stegman dio testimono en la cuarta jornada.


Este juicio no cesa de aportar sorpresas. En esta jornada fue con otro militar, que si bien no se desdijo, aportó elementos que no relató en la instrucción inicial realizada en el juzgado del cuestionado juez de Morón Gerardo Larrambebere.  Sobre todo sorprendió que hablara de muertes o desapariciones, cuando sus superiores nunca se movieron de la teoría de la fuga.
“Uno estaba con una herida muy grande en la cabeza. Estaba en estado casi terminal”, dijo sobre José Díaz, a quien ningún testigo ha dejado de recordar con una remera blanca cubriendo su cabeza a modo de vendaje precario.
—Usted habló con Varando? —consultó el abogado de la querella.
—No. Stegman se lo entrega a Varando.
—Después de todo esto, ¿habló con Varando? Con respecto a estas dos personas, qué había pasado —insistió.
—Sí
—¿Adónde las llevó?
—Me dice que las sometió a interrogatorio. Yo he hablado con él y estas personas habían sido interrogadas, pero que después él dejó de tomar contacto con estas personas. Pero yo hablé con él posteriormente al combate.
—¿Le dijo si lo interrogó él mismo?
—Sé que él había participado del interrogatorio, me lo dijo -aportó Naselli, sin poder distinguir, extrañamente, si Varando era un oficial de inteligencia o de alguna otra repartición.

Antes había complicado la situación del Coronel Jorge Halperín, que está cada vez más cerca de la imputación en lo que serían nuevos tramos de este juicio. Halperín ya declaró como testigo, pero tan al borde que lo hizo con su abogado al lado a pedido del presidente del tribunal, Matías Mancini. Naselli lo situó dentro del operativo y como segundo de Arrillaga en la línea de mando.
El momento de su contradicción más evidente ocurrió mientras se reconocía en los videos y fotos. Lombardi llevó a Naselli nuevamente a la gravedad del estado de José Díaz. Le preguntó cómo creía que podrían haber escapado con Díaz moribundo:
—Yo no dije moribundo —corrigió el testigo.
—Ah, pensé que había dicho que estaba en estado terminal -recordó Lombardi.
—No, yo no dije terminal.
Faltó alguien que, como Darín a Serrano en Nueve Reinas, le dijera “sí, pelotudo, dijiste cheque”,

Además de Naselli, declararon el colimba Daniel Humberto Valenti, el exmilitar Hugo Daniel Stegman y el sobreviviente Carlos Ernesto Motto.
Stegman recordó que cuando Naselli le entregó a Ruiz y Díaz rendidos, quedó con Díaz de rodillas diciéndole: “Por favor, no me mate”, y aseguró haberles respetado sus derechos “porque la Convención de Ginebra así lo dice”, como si el sentido común pudiera admitir que se fusile a una persona que se ha entregado y está desarmada. Stegman intentó mostrar cierta independencia en su testimonio: “Hace 28 años que dejé la fuerza”. Sin embargo, al terminar, se acercó hasta el lugar desde donde Arrillaga sigue el debate con total atención y estrechó su mano:
—Un placer —le dijo casi con reverencias.
—Que tenga un buen año -respondió el genocida, condenado por delitos de lesa humanidad ocurridos en Mar del Plata.
El cierre de la extensa audiencia fue para Carlos Ernesto Motto, militante del MTP que sobrevivió al combate y a la represión posterior. Motto reconoció a Arrillaga en varios momentos, sobre todo cuando su grupo se rindió: “No había otra persona que sobresaliera como él entre los militares”. Al igual que Roberto Felicetti en la primera jornada, fue testigo de cómo Francisco Provenzano y Carlos Samojedny fueron separados de su grupo y nunca más vistos. “Eso no fue una recuperación del cuartel, fue la destrucción del cuartel”, dijo para dimensionar el poder de fuego represivo. También recalcó que fueron torturados y que se ensañaron especialmente con las mujeres.
Este viernes, desde las 9, será el turno de la quinta jornada. A esta altura, quién puede asegurar que no haya sorpresas.


*Este diario del juicio por los desaparecidos de La Tablada es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva y Agencia Paco Urondo, con la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en http://desaparecidosdelatablada.blogspot.com
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La voz de Nisman y la trama del ocultamiento


El Diario del Juicio accedió a la entrevista que los periodistas Pablo Waisberg y Felipe Celesia le realizaron a Alberto Nisman en 2012. El fiscal muerto participó como secretario del juzgado de Morón del encubrimiento de las violaciones a los derechos humanos durante la recuperación del cuartel de La Tablada, tras la toma del Movimiento Todos por la Patria, ocurrida en enero de 1989. Después de la declaración del ex militar César Ariel Quiroga, varios pasajes del diálogo pueden releerse para dejar al desnudo la verdad sobre las desapariciones de los integrantes del MTP.
El juicio continuará mañana desde las 9 en el TOC 4 de San Martín.


—¿Qué hiciste en ese caso?
—Participé del auto de procesamiento, con varios más. Había varios secretarios, Montenegro también. Se discutían temas, se tiraban ideas y el juez terminaba decidiendo. Después intervine firmando en la causa de Iván Ruiz y José Alejandro Díaz. No recuerdo si tome alguna declaración pero estaba al tanto. Creo que alguna tomé. Me acuerdo que en los medios decían que los habían sacado el día anterior y qué había pasado con ellos. Acordamos con el juez qué era lo que correspondía hacer, era hacer todo el recorrido con las personas que identificaban que sacaban a estos dos tipos, que después no aparecieron, y empezar a preguntar. Por lo que recuerdo terminó en una persona que no recuerdo su nombre…
—¿El Mayor Varando?
—Puede que sea. Si era ambulanciero sí. No, Varando no fue porque al último que se lo entregan, según las declaraciones de los militares, fue un tipo que murió ¡Ay!, tengo el nombre en la punta de la lengua. Había fallecido en combate. Con lo cual ¿cómo hacíamos para preguntarle? Era un sargento ayudante… Esquivel, creo que era Esquivel. No había alternativa de prosecución de la investigación. 

Los que preguntan son Pablo Waisberg y Felipe Celesia. El que responde, mezclando datos, es Alberto Nisman. Es una entrevista más en el intento por redondear la exhaustiva investigación que tomará luego forma de libro: La Tablada, a vencer o morir, que está presentada como prueba en la causa.
Más allá del pintoresco personaje al que estaban visitando, los periodistas seguramente no sabrían que esa entrevista podría releerse de otra manera durante el juicio actual, a tal punto de llegar a convertirse en un aporte importante para que la justicia reafirme, al final de este primer juicio, lo que familiares y sobrevivientes siempre sostuvieron: hubo violaciones a los derechos humanos en el operativo del ejército que recuperó el RIM 3 de La Tablada.
Del diálogo pueden recortarse algunas relecturas sabrosas, aun en la confusión de Nisman en su relato. En la respuesta citada, el fiscal parece no recordar el nombre de la persona a la que le entregan, según la versión oficial, a Díaz y a Ruiz con vida. Dice no recordarlo, por lo que lo ayudan aportando el nombre de Varando (fallecido hace algunos años). Cuando Nisman responde habla del ambulanciero, que resulta ser el ambulanciero que habló en la tercera jornada del juicio. Es César Ariel Quiroga, que denunció ante el Tribunal Nº4 de San Martín haber firmado una declaración que contenían hechos que no vio. Sin embargo Nisman no lo nombra y se enrosca con sus respuestas olvidadizas, hasta que tira el nombre de Esquivel, el oficial muerto en combate, pero al que la historia oficial intentó hacer aparecer como muerto por Ruiz y Díaz en su inverosímil huída.
Nisman mezcla nombres y tareas en su respuesta. Todas las explicaciones siempre condujeron a Esquivel, porque como está muerto no podría contrariar la historia oficial. No nombran nunca a Quiroga. Ni el fiscal muerto; ni Jorge Halperín, el tercero del imputado Arrillaga que ya declaró en el juicio, ni Varando cuando comenzó a ser acusado, nombran a Quiroga. Quizá sea porque Quiroga está vivo. O tal vez porque recuerden lo que pasó mientras le tomaban declaración en el juzgado de Larrambebere, poco después del hecho, y que Quiroga soltó inesperadamente durante su histórica declaración en este juicio.

—Yo no dije eso —, cuenta que dijo ante el secretario.
—Este es un trámite que hay que hacer por si en algún momento alguien reclama algo. Y hay que hacerlo y firmar, por la institución —, le respondió el oficial auditor, Teniente González Roberts, luego de sacarlo de la sala para justificarle la mentira.

El resto es historia más conocida ahora, Quiroga firmó igual, porque apenas tenía 23 años, quería seguir en la fuerza, y no resistió las presiones. Tal vez todos los implicados en aquella declaración que no se ajustaba a la verdad recuerden aquella advertencia en forma de incomodidad explícita de Quiroga. No resulta una locura pensar que han intentado mantenerlo al margen del relato porque siempre recordaron sus dudas al firmar la declaración falsa. Aun cuando su rol en la historia inventada fuera ni más ni menos que entregar vivos a Ruiz y Díaz, por orden de Varando, a Esquivel.
Pero aquel Quiroga al que nadie nombra, salvo en las declaraciones judiciales que intentaron armar la verdad ficticia sobre La Tablada, es ahora la pieza clave que destruye el cuento. Cuando desmiente la versión del ejército, lo que hace también es desnudar la construcción que se acaba de desmoronar, una verdadera trama de encubrimiento desde el Estado, con varias patas, al menos dos: la militar y la judicial.

—¿Qué les planteó Larrambebere? –le consultan los periodistas a Nisman.
—Investigar a fondo. Yo ingresé con la cosa ya iniciada. Fui a Tablada mucho después. Pero las primeras directivas de Larrambebere no las conozco porque yo estaba fuera del país. Cuando entro, ya el camino estaba tomado.
Lo que si recuerdo era que Larrambebere era muy nuevo en el juzgado. Juró el 18 o 20 de diciembre. Esto me lo contó otro empleado, Cristian Schmuckler. Dijo que llega Larrambebere a la mañana al juzgado, que escucha por la radio … Era un tipo que venía de la Corte. Secretario del Pepe Dibur en un juzgado federal, con lo cual Morón era como Bangladesh para él. Recuerdo que una vez tomé el tren con él porque yo vivía en Once y para el tipo era como ir al far west (se agarra de la silla y hace gestos de mirar a todos lados con una mezcla de asombro y precaución). 
Entonces, lo que me cuenta Cristian es que fue a hablar con Larrambebere y ni bien entra al despacho, le dice “che, qué mala suerte que tiene Piotti”, que en ese momento era juez federal de San Isidro. Cristian ya sabía lo que decía el juez pero era un empleado, muy ubicado, y le dice “perdón doctor ¿por qué Piotti?”; “¿y no viste el quilombo este de La Tablada?”; “Pero no doctor, La Tablada es suya”. Dice que el salto que pegó (de la silla) fue hasta acá (pone la mano a medio metro del asiento). Él ahí se entera que era el juez de La Tablada. Y al poco tiempo lo empiezan a llamar por teléfono. Estaba loco. Decía “no puedo creer la suerte que tengo! Juré hace veinte días!”.

Alberto Nisman habla acelerado, evita algunas letras, tiene el reconocible tono de aquel que se cree distinguido. Es 27 de agosto de 2012 cuando el ya fiscal de la Unidad Especial AMIA los recibe en un edificio del centro porteño, sobre la calle Hipólito Yrigoyen. El acuerdo es que la entrevista se realice en off; es decir que Waisberg y Celesia no lo nombrarán en el libro, aunque sí citen algunas partes del diálogo. Sin embargo, en la segunda audiencia del primer juicio por los desaparecidos de La Tablada, que se reanudará mañana jueves 3 de enero, Pablo Waisberg develó la fuente. Ante la insistencia de Hernán Silva, abogado defensor del General Arrillaga, para que entregara su fuente militar, Waisberg se apegó al derecho de los periodistas para no develarla. Sin embargo sorprendió a las partes y al tribunal cuando dijo que sí se sentía liberado de citar una fuente porque su muerte lo habilitaba a hacerlo. Ciertamente fue importante que Waisberg citara a Nisman. El tribunal le preguntó si conservaba la grabación de la charla. El periodista dijo que sí y aceptó la propuesta de dejarla para que las partes pudieran escucharla. En ese momento, cuando todavía no había declarado Quiroga, el pedido parecía más una nota de color, matizada quizás hasta de cierta curiosidad farandulera; luego de la declaración del exmilitar que destruyó la versión oficial, cada palabra de Nisman merece una relectura, pero sobre todas las cosas, pone la mira sobre quien era el juez de Morón en aquel momento, Gerardo Larrambebere.

—Hubo un pequeño escandalete porque uno de los conscriptos dijo que ensayó audiencias en el Edificio Libertador –preguntaron los autores del libro sobre La Tablada.
—Algo me acuerdo. Estuve en la audiencia y me acuerdo la respuesta del fiscal Quiroga. Creo que lo que dijo es que no estaba probado que así fuere pero que si así fuere… a ver si te digo ”vamos a ensayar tu declaración” no hay delito, delito hay cuando te digo “hay que agregar tal o cual cosa o cambiar esto”. Si yo practico lo que ya tengo decidido decir ante un juicio, incluso ante veinte personas, no es lo ideal, pero no hay delito. 

“Delito hay cuando te digo hay que agregar tal o cual cosa o cambiar esto”, dice Nisman. Justamente fue lo que hicieron con  el testigo César Quiroga. Vuelve a la cabeza la imagen del tipo encorvado por el peso de la mentira de 30 años cargada en sus espaldas, sentado frente al tribunal, decidido a contar la verdad. Otra vez aparece la foto del cuerpo que va sintiendo el alivio y luego se ve erguido. Una vez más, aparece la sensación de que la verdad siempre sobrevive, aunque intenten torturarla con la peor de las prácticas, las del Terrorismo de Estado.


*Este diario del juicio por los desaparecidos de La Tablada es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva y Agencia Paco Urondo, con la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en http://desaparecidosdelatablada.blogspot.com


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Almada, el testigo clave de La Tablada: "los sacaron vivos en un Ford Falcon blanco"


Foto: Almada después de su declaración. Todavía conmocionado. (El Diario del Juicio)

La mañana del viernes pasado todavía nos sorprende. Después del inesperado testimonio del militar Quiroga, que desbarató la teoría oficial en la causa de los de desaparecidos después del intento de copamiento del cuartel de La Tablada, otro militar, José Alberto Almada, también entregó un testimonio demoledor. Almada dialogó luego con El Diario del Juicio. Dijo que los desaparecidos Iván Ruiz y José Díaz -fugados, según la versión oficial- fueron sacados de La Tablada por militares de civil en un Ford Falcon blanco. Además, reveló que el entonces sargento ayudante Esquivel no murió por disparos de Ruiz y Díaz -como dice la corporación militar y sostuvo tanto tiempo la judicial-, sino como parte de su participación en el combate durante el intento de copamiento. Por último, Almada denunció el encubrimiento deliberado de todos estos años y ratificó las amenazas recibidas, mientras esperaba para dar su testimonial, de parte de la familia de Jorge Halperín, otro militar cuestionado por su actuación en la represión posterior a la toma. El General Arrillaga, único imputado en esta causa, cada vez más complicado.
(Por El Diario del Juicio)



—El Diario del Juicio: Vos sos un testigo oculara de lo que pasó con José Díaz, el único caso que se está tratando en este primer juicio por los desaparecidos de La Tablada. La historia oficial dice que (Iván) Ruiz y Díaz se fugaron, ¿qué podés aportar desde lo que viste una vez que ambos se rindieron?

—José Almada: Debemos contextualizar que no soy el único que vio. Soy el único que se animó a decir la verdad. Todo lo que se vio es patrimonio internacional. Incluso todos los medios internacionales vieron a esas personas que estaban doblegadas y rendidas y fueron dadas por desaparecidas por el Ejército Argentino. En el caso mío, yo ese día fui con el Regimiento de Infantería 7 de La Plata a cumplir una orden impartida por el señor Presidente de la Nación, el doctor (Raúl) Ricardo Alfonsín. La orden nunca fue que tuviéramos una actitud que roce la crueldad ni nada por el estilo, la orden fue clara: teníamos que recuperar el cuartel. Estas personas que fueron detenidas se encontraban aferradas por el fuego dentro de la guardia de prevención. El despropósito de nuestros mandos militares que, según puedo entender, fueron a pasarle una factura al doctor Alfonsín, fue que en ningún momento tuvieron la administración de fuego suficiente sabiendo que dentro de la guardia de prevención nosotros tenemos cinco o seis soldados. Tuvieron un desprecio total por la vida. Cuando esa guardia fue bombardeada con un blindado que se llama Panhard, una barbaridad tirar en plena ciudad con esas armas, se comenzó a quemar. Estas personas, sofocadas adentro por el calor, intentaron respirar y salir al aire para no morir incinerados. Ellos fueron los que de alguna manera alcanzaron a rescatar a los soldados que estaban en los calabozos. En 1989, todavía existía en el Ejército eso de tener soldados en los calabozos sometidos por la justicia militar. Ellos salieron y fueron separados inmediatamente porque se los identificó como personas que habían participado del intento de copamiento del regimiento. Estaban totalmente doblegados, uno de ellos herido y fueron transportados al fondo del cuartel, como declaré ante su señoría.
A la distancia, me molesta que el abogado del general Arrillaga (Hernán Silva) me haya acosado como lo hizo, preguntándome si yo estaba a diez metros, a veinte o a quince, cuando en realidad en aquel momento desde España estaban viendo lo que pasaba. Todos vieron cómo esas personas estaban caminando, todo el pueblo de La Tablada pedía que los maten a esos chicos. Cuando estas personas fueron trasladadas al fondo del cuartel, yo le dije a su señoría que ingresé al cuartel por una orden del comandante, el Coronel (Jorge) Halperín, para instalar el puesto de comando.

Cuando entré por el fondo del cuartel, a esas personas las estaban torturando. Concretamente, las tenían boca arriba debajo de una arboleda y las estaban torturando con dos oficiales. Uno hacía como que era el bueno y el otro, el malo. Uno de los chicos, eso quedó en mi consciencia muy lastimada, pedía: "Señor, regáleme la vida". Nunca me voy a olvidar de eso. 

Lastimó profundamente mi consciencia que una persona tenga que pedirle eso a otro ser humano, como si fuera un ser superior. Me cuesta como soldado, que yo había jurado fidelidad a la Constitución Nacional, tener que escuchar esa aberración. Eso, en términos generales. Con esas personas, después, perdí contacto. Me fui a instalar al puesto de mando en las inmediaciones del tanque de agua.

A esas personas las tuvieron ahí adentro durante toda la tarde, interrogándolas supongo. Se escuchaba que había movimiento y personas que gritaban. Después, las sacaron en un Ford Falcon de color blanco con rumbo desconocido. En ese momento, podía interpretar que las llevaban para presentarlas al juez, para ir a un hospital, lo que sea. Eso fue lo que vi en ese momento.

—EDJ: ¿Y qué comenzó a suceder con vos cuando tomaste conocimiento de que ellos no figuraban en la lista de muertos y que figuraban como si se hubieran escapado después de matar a un oficial de apellido Esquivel?

—JA: El sargento ayudante Esquivel no era orgánico de nuestra brigada y a ninguna de las unidades que estaban empeñadas en la recuperación. Estaba destinado en el Colegio Militar de la Nación y ese día estaba en descanso de guardia. Me lo comentó la hija hace poco, que también quiere saber cómo murió su padre. Cuando él vio que había un problema de esta naturaleza dentro del Regimiento, vino para colaborar con sus camaradas en el combate. Llegó aproximadamente a las cinco de la tarde. Era un hombre petisito, de bigotes, lo recuerdo perfectamente, y no traía casco, traía casquete y venía sólo con la pistola. Vino adonde yo estaba y pidió la lista de heridos para ver si tenía algún conocido herido o muerto. En ese momento, en una de las compañías que empezó a incendiarse, salieron cuatro o cinco soldados vestidos de gimnasia y hacían señas desde un balcón. Cuando los distinguió, eran sus hermanos…, entonces tomó un fusil y salió corriendo para ir a rescatar a esos chicos.

En ese momento lo impactaron, pero no en el pecho sino en el estómago. Se cayó a quince o veinte metros de donde estábamos nosotros. Esquivel cayó delante del general Arrillaga (el único acusado en esta causa), cayó adelante del Estado Mayor de las fuerzas de recuperación. Lo rescataron en un vehículo blindado, y con el mismo vehículo cubrieron a los soldados que estaban en el edificio para que se tiren. Así fue que se tiraron del primer piso, entraron al blindado y vinieron al puesto de mando. 

Ahí bajaron a Esquivel y cuando lo empezaron a arrastrar en la camilla, murió. Quiero que se entienda lo siguiente: el honor de ese hombre. Murió combatiendo. Nunca tuvo contacto con los desaparecidos Esquivel, eso es un escenario armado.
Por otro lado, yo estuve lastimado en La Tablada y estuve una semana más adentro. Cuando salí, fui al Hospital Naval de La Plata. Me recompuse, todo este gran problema le costó el gobierno al doctor Alfonsín. Nosotros vinimos desde La Plata para el primer desfile del presidente Menem que fue el 9 de julio de 1989, tres o cuatro meses después de La Tablada. Yo vine y mi jefe me ordenó que sea el operador de radio del puesto de comando del General Balza, que ese día era el jefe de tropas. En ese momento, era la segunda máxima autoridad del Ejército. Podía ser el jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas o bien era en ese momento el subjefe del Estado Mayor del Ejército. Yo fui el operador de él. La función era que en cada agrupación del Ejército que había a lo largo de Avenida de Mayo había un operador de radio y las órdenes de mando del general Balza se impartían por medio de mi radio. Cuando llegamos cerca del Congreso de la Nación y esperamos al señor Presidente, estaban las organizaciones de derechos humanos y ahí apareció la foto de Iván Díaz y José Ruiz. A estos muchachos yo los había visto detenidos en La Tablada. Los carteles decían "Aparición con Vida de los desaparecidos de La Tablada"; entonces le digo: "Mi general, esto es falso, porque estas personas fueron capturadas con vida. Estaban conscientes, heridos, pero fueron sacados con un Ford Falcon blanco". Entonces, Balza en ese momento me dijo: "Almada, usted tiene el pelo largo". Y ahí empecé a sufrir una verdadera procesión dentro del Ejército y tengo la certeza de que el ideólogo del encubrimiento es el general Balza. Porque yo le di la novedad. Se hizo el desfile, vino el presidente Menem y luego volví a mi regimiento. Cuando volví, me esperó ese viejito buenito que el otro día me hizo amenazar con las hijas, Halperín, y me hicieron pedazos como subalterno: me dijeron que de esto no se habla, que yo no acompaño el criterio político del Ejército. Yo siempre seguí muy preocupado por el tema.
Pasó el tiempo y una mañana, muy temprano, yo vivía en Hudson, cerca de Berazategui y vinieron unos chicos, creo que trabajaban con el Fray Puigjané (uno de los presos de La Tablada) y me dijeron: "Che, decile a los jefes que dejen libres a los desaparecidos de La Tablada". Entonces digo, la puta madre, dónde estoy metido, qué es esto. Fui a informar la novedad a mi jefe que era el mayor Ángel Francisco Fleba. A él le di la novedad de que decían que nosotros hacíamos desaparecer personas y él me dijo: "¡Pero dejeló, Almada!". Ese año se hicieron los ejercicios finales en la Base Aeronaval de Punta Indio. En esa nueva oportunidad, le doy la novedad al Jefe del Estado Mayor General del Ejército, que era el General Isidro Bonifacio Cáceres, un correntino, un caballero. Le dije: "General, como suboficial superior del Ejército y porque yo juré fidelidad ordenado por el presidente Raúl Alfonsín de defender la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y la Constitución Nacional, me encuentro totalmente preocupado porque los medios de comunicación a los jóvenes del Ejército nos endilgan que somos asesinos. Tengo una familia, respeto a la sociedad civil". Él me dijo "no te hagas problema porque esto está en manos del juez, lo tiene el juez Larrambebere, quedate en el molde". Ese día ellos se fueron a la línea de fuego que iban a tirar en la zona de Pipinas. Yo me quedé con la red de fuego. Ese ejercicio se suspendió porque ese día murió un soldado en un accidente del grupo de Artillería 101 de Ciudadela. Esa noche me llamó el segundo comandante de Brigada, era el Coronel Gasquet. Me hicieron pasar entremedio de todos los dinosaurios, todos los jefes de unidades de la Décima Brigada. Me hicieron pedazos, me dijeron que me iban a poner 45 días de arresto, que me iban a hacer comer un tribunal de guerra, me desarmaron. Me hicieron pedazos, yo estaba totalmente solo con ese capitán que ahora está mintiendo en el juicio. Me incomunicaron y me trajeron a la unidad, de la unidad me llevaron a mi casa, me tuvieron escrachado en mi casa y controlado por la inteligencia militar. Un día vinieron y me dijeron que me iría de pase a una guarnición acá en Paraná, que fue en su momento un centro clandestino de detención. Acá me trajeron para eliminarme. La pasé muy mal. Esa es mi verdad.


—EDJ: Constaste que mientras esperabas para dar testimonio recibiste amenazas por parte de dos mujeres que, entendemos, son familiares de Jorge Halperín, el segundo de Arrillaga en aquella jornada (La querella no le hizo preguntas porque considera que debería estar imputado en la causa) ¿Qué fue lo que sucedió?

—JA: Fue cuando estaba esperando que me llame su señoría para dar testimonio. Estaba sentado afuera y llegaron estas dos personas, había otro señor medio rengo de anteojos que tenía un libro en la mano. Se acercaron adonde yo estaba sentado y me dijeron (reproduce el diálogo):

—¿Usted es testigo?
—Sí. Me llamó su señoría y tengo que declarar
—¿Usted es zurdo o está con nosotros, de derecha?
—No entiendo el concepto, señora.
—A ustedes, los hijos de puta, que ahora son los militares arrepentidos, hay que cagarlos a tiros. Nosotros vamos a hacer mierda este tribunal, y a ustedes los vamos a cagar a tiros porque a ustedes les pagan para que hablen.
—Señora, yo respetuosamente le pido que todo lo que quiera decir se lo diga a su señoría. A mí no me dirija más la palabra.

Ellos siguieron insultándome hasta que se cansaron. Me decían que iban a destruir los tribunales porque todos los jueces son zurdos y todos los jueces son unos hijos de puta. No sabía quiénes eran estas personas, pero después me di cuenta de que se acercaron y son los familiares del general Halperín.
Inmediatamente me di cuenta de que era peligroso. Entonces, le avisé a la Policía Federal que se encontraba en ese momento a cargo de un joven oficial. Me dijo que ellos tenían orden de protegerme y que fuera con ellos. Ellos me protegieron y me contuvieron un montón junto con los muchachos que son de la Prefectura Naval Argentina. Yo vengo perseguido desde el primer momento. Llamativamente, acá en Paraná, cuando mi hijo Ulises tenía cuatro años, me amenazaron de muerte. Estuve dos años con custodia que me puso el gobernador de la provincia.

—EDJ: Todos los testimonios de los militares en este juicio se preocupan por señalar que las comunicaciones no funcionaban ese día y uno intuye que la idea de ese testimonio único de los militares es también desbaratar lo que vos decís cuando contás que escuchaste una comunicación con respecto a qué hacer con Ruiz y con Díaz, ¿es así?

—JA: Es una definición demasiado pueril lo que dice un General (por Halperín, que declaró justo antes que Almada) con respecto a las comunicaciones. Yo le diría al General, ¿por qué carajo nos tuvo 46 horas adentro combatiendo si no le servíamos? Nos pegaba una patada y nos mandaba al cuartel por inútiles. Si es así, quisiera saber dónde está la información militar que le debería hacer al oficial de comunicaciones de la Brigada que era el jefe de la unidad, el Mayor Francisco Fleba, como decir: 'Usted me trajo una unidad que no funcionaba, una manga de inútiles'. Por otra parte, Arrillaga no tenía nada que ver con nuestra brigada. Era inspector general del Ejército, ¿qué carajo inspeccionaba el General si llevó equipos de comunicaciones de mierda a La Tablada? Se les cae a pedazos. No tienen argumentos. Ellos tratan de posicionarse y tumbar lo que estoy diciendo. Esa unidad militar, compañía de comunicaciones mecanizadas, es una prestigiosa unidad veterana de Malvinas ¿Cómo van a decir que una unidad que combatió en Monte London y en Puerto Argentino no funcionaba adentro de La Tablada?

—EDJ: ¿Vos escuchaste que se referían a poner fuera de combate a Ruiz y a Díaz?

—JA: Tendría que precisarlo con exactitud. Es difícil que se entienda cómo son las redes de comunicaciones. No puedo precisar si era en el caso específico de estas dos personas o cualquier otras dos personas que fueron capturadas. Ponerlos fuero de combate no significa que me estaban ordenando “mátenlos”. Puede ser que signifique atarlos y ponerlos fuera de combate.

—EDJ: ¿Pudiste reconocer a alguno de los que hizo la maniobra llevándoselos en el Falcon?

—JA: No, imposible, porque había personas de civil. Entiendo que eran de la sección de Inteligencia de La Plata.

—EDJ: ¿Quiénes se los llevaron no eran militares?

—JA: Militares vestidos de civil, diríamos.

Por último, Almada hizo una aclaración por uno de los tantos hechos de encubrimiento de los que tiene registro: "Te quiero pedir algo. El 9 de Julio de 1989, cuando asume el presidente Menem, ese video donde me pueden ver sentado al lado del General Balza y del presidente Menem, está desaparecido. No lo puedo encontrar. Al hacer desaparecer el video, queda como que yo no le dije nada al General Balza ese día".

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*Este diario del juicio por los desaparecidos de La Tablada es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva y Agencia Paco Urondo, con la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en http://desaparecidosdelatablada.blogspot.com

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