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Llegamos temprano. Estamos ansiosas por estar ahí. En la convocatoria por Lucía. Dos años después del primer paro. De esa foto que nos llegaba primero. Del nombre, Lucía. De la lluvia y los paraguas. Dos años de encuentro y organización enorme de un movimiento que llegó para cambiarlo todo, pero también dos años de más nombres. Nuevas historias, vidas, de pibas, niñas. Arrebatadas a la vida, tan cercana a ese el sol inmenso como la sonrisa de Lucía. 


Somos muchas. Las caras de Lucía se multiplican. Una parte enorme de la gigante columna se acuesta sobre la 9 de Julio. Lucía Pérez, Presente. Melina Romero, presente, Johana Ramallo, presente, Ángeles Rawson, presente, Ana María Acevedo, presente, Lola Chomnalez, presente, Natalia Melmann, presente. El intento es por retener esos nombres a los que no asociamos historia. Somos muchas. Una cada 23 horas, cada 18. En cualquier caso, somos una menos por día. Pero ahí estamos, gritando y convencidas que se va a acabar la justicia patriarcal. En la cabecera de la inmensa marcha, Marta, la mamá de Lucía y su hermano abrazan el cartel que multiplica el rostro de esa hija/hermana. Ahora de todas.

Abrazadas, hermanadas, en risa y en llanto al mismo tiempo. Pequeñitas y adultas mayores. Ahí vamos con una potencia que se siente en el cuerpo mismo. Ni una menos, vivas nos queremos se repite a cada cuadra. Como urgencia, como grito colectivo, como convicción de que en esta senda de lo que se trata es que dejen de matarnos. Así lo sentimos, y así lo gritamos en plena 9 de julio, un miércoles a las 18:00. 


Los ojos de todas están todo el tiempo emocionados. Conmovidos. Nos (con) mueven las que no están, la presencia de la ausencia. Nos (con) mueve el feminismo, que (nos) transforma, que traduce el dolor el abrazo, en una fuerza desconocida, de esa que sentimos en el cuerpo y siente la tierra cuando salimos a la calle. Salimos envalentonadas porque no tenemos nada para perder, porque ya perdimos a muchas, porque queremos cambiarlo todo. Salimos porque no podemos permitir tal retroceso. Nosotras avanzamos, los machos, hijos sanos del patriarcado, retroceden. La justicia patriarcal intenta decirnos lo contrario.

Las movilizaciones feministas son las más sentidas. Las fotografas, periodistas, comunicadoras no estamos desde afuera registrando la intervención en el obelisco. Una lágrima nos cae mientras captamos el momento y choca con la cámara. Sacamos una foto y gritamos PRESENTE . La subjetividad, la mirada, las posiciones, siempre defenestradas y apaciguadas nunca más presentes. Es que no podemos tolerar a lxs verdugxs de los grandes medios que siembran odio y justifican la violencia machista, que la construyen desde el sentido común, desde los lugares más invisibles. No acompañamos, marchamos. Somos Lucía, y todas las pibas.